Visitar la Quinta del Duque del Arco (El Pardo, Madrid)

Parece que a día de hoy está todo descubierto, escrito y dicho en Madrid, pero por suerte es una ciudad fascinante y que nunca deja de revelar secretos. Una de las últimas sorpresas que nos ha dado la ciudad es la Quinta del Duque del Arco, también conocida como Quinta de El Pardo por estar en ese famoso monte. Se trata de una antigua quinta en la que hoy es posible recorrer sus jardines, huertos y olivos adyacentes, pudiendo disfrutar de uno de los mejores ejemplos de jardinería barroca de todo el país.

En este artículo os vamos a hablar en detalle de la Quinta: su historia, cómo es la visita y todo lo que necesitáis para preparar una visita como esta. Si estabais buscando rincones insólitos de Madrid os damos la enhorabuena, pues acabáis de descubrir uno de los que más nos han sorprendido en los últimos años.

La quinta menos conocida de Madrid

¿Alguna vez te has planteado qué son las quintas de Madrid? Están repartidas por toda la ciudad, siendo la más famosa la Quinta de los Molinos (y sus almendros, que año tras año atraen a miles de madrileños en su época de floración). Pues bien, las quintas eran conjuntos de recreo que fueron construyendo las familias aristocráticas de toda España en los alrededores de Madrid desde que esta fuese establecida como capital.

En su momento estaban a las afueras, de hecho todas tenían un cierto carácter agrícola. Vamos, que los nobles tenían sus enormes mansiones en la capital y luego sus rinconcitos rurales en el extrarradio. El caso es que Madrid fue creciendo imparablemente, anexionándose los alrededores y con ellos las quintas pasaron a formar parte de su término municipal.

La Quinta del Duque del Arco fue en origen una casa de labor, la cual fue adquirida por Alonso Manrique de Lara y Silva (Duque del Arco y amigo personal de Felipe V) en el siglo XVIII. El duque construyó una casa inspirada en el Palacio de la Zarzuela, que tras su muerte fue donada por su mujer (junto con toda la quinta) a los reyes.

Ojo, porque no fue mala donación. Junto a la casa de labor original y el palacete construido por el Duque de Arco, en sus más de 500 hectáreas se encuentran unos de los jardines barrocos más bonitos de España, un enorme olivar, decenas de árboles frutales…

Que haya llegado a nuestros días es un milagro, ya que la quinta era la residencia de Manuel Azaña cuando se produjo el golpe de Estado de 1936. Aunque el presidente de la República lo abandonó por motivos de seguridad, aquí se alojó parte del Ejército de la República, por lo que los obuses de los golpistas casi reducen a escombros el lugar. Tras su victoria, el dictador totalitario Francisco Franco reconstruyó el lugar y lo convirtió en una academia para formar a mujeres en música, cultura y bellas artes.

Tras ser uno de los primeros lugares en los que Juan Carlos I y Sofía daban audiencias en los años 70, el sitio pasó un par de décadas de abandono. Por suerte, desde finales del siglo XX y principios del XXI se está intentando poner en valor el sitio, que hoy luce espectacular.

Unos jardines de Aranjuez en miniatura

Empecemos por las malas noticias: los edificios no son visitables. El palacio está cerrado al público general, y solo se abre cuando alguien se lo alquila a Patrimonio Nacional para hacer un evento privado. Por otro lado, la casa de labor es un centro educativo para alumnos con necesidades especiales, así que un viajero tampoco puede entrar a verlo salvo si organizan unas jornadas de puertas abiertas.

En cuanto a los jardines, esa es otra historia. No solo son visitables, sino que además son gratuitos. Y os preguntaréis… ¿merece la pena venir hasta aquí solo por unos jardines? ¡Por supuesto! Son sin lugar a dudas el elemento más destacado de la Quinta del Arco, siendo uno de los mejores ejemplos de jardinería barroca de España. Para que nos entendamos: imaginad los jardines de Aranjuez, pero en miniatura.

La entrada se hace únicamente por la Puerta de Madrid, por lo que si vais desde el pueblo de El Pardo tendréis que rodear la tapia que acota los jardines. Una vez dentro, veréis que el desnivel propio del Monte de El Pardo se ha salvado de manera ingeniosa: con cuatro terrazas divididas por muros que se comunican entre sí por pequeñas rampas y escaleras.

En las diferentes terrazas encontraréis parterres, fuentes, un pequeño estanque e incluso dos secuoyas rojas con cientos de años de antigüedad. La vegetación y la pomposa decoración crean un conjunto único.

Aparte de los jardines, os recomendamos ir a la zona alta (donde están el palacio y la casa de labor). Si os fijáis, hay una especie de cuesta más adelante: si vais hacia allí, llegaréis a una especie de mirador desde donde se contemplan tanto el skyline de Madrid como el Monte de El Pardo en su totalidad.

Por otro lado, volviendo a la zona baja, no os podéis perder ni las vegas de frutales ni el enorme olivar que ocupa la mayor parte de la superficie de la quinta. Se puede pasear por ellos, siendo la mejor manera de concluir una visita a la Quinta del Duque del Arco.

Cómo llegar a la Quinta del Duque del Arco, horarios, tarifas…

  • Cómo llegar: se puede acceder a la Quinta del Duque del Arco de dos maneras:
    • Desde la M-605, por una carretera que te dejará en un aparcamiento cercano a la quinta. Es la opción más rápida.
    • Desde la M-612, dejando el coche en el aparcamiento gratuito Monte de El Pardo y caminando unos 20 minutos entre jaras y demás vegetación propia de la zona.
  • Horarios: la quinta abre de 10:00 a 18:00 en los meses de invierno y de 10:00 a 20:00 en horario de verano. Según Google cierra los sábados, pero cuando estuvimos allí no ponía nada al respecto.
  • Tarifas: el acceso a los jardines es gratuito, así como el aparcamiento de los alrededores. Vamos, que es una buena alternativa si estáis buscando planes gratuitos por Madrid.
  • Excursiones cercanas: os recomendamos que aprovechéis la visita a la Quinta del Duque del Arco para daros una vuelta por El Pardo, ya sea visitando el pueblo o haciendo alguna de las muchísimas rutas disponibles por el monte del mismo nombre.

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