Kensington Gardens, los jardines de Peter Pan

Ocultados por la fama del vecino Hyde Park, los Kensington Gardens son un auténtico remanso de paz en el corazón de la ciudad de Londres. Más de 100 hectáreas verdes en las que no solo es posible respirar aire y sorprenderse con infinitas ardillas cruzándose en el camino, sino que también están llenas de lugares de interés. Fuentes, estatuas, puentes e incluso un enorme palacio son motivos suficientes como para que el viajero se deje caer por allí. En este artículo os contamos cómo surgieron y qué podéis esperar de una visita a los Kensington Gardens.

Unos jardines reales que siempre pertenecieron al pueblo

En el año 1689, el rey Guillermo II compró unos terrenos al oeste de Hyde Park. Además de campito, la compra incluía un viejo caserón: ambos fueron convertidos en los jardines y el Palacio de Kensington. Pero no fue de manera inmediata, sino en un proceso que ocupó prácticamente la primera mitad del siglo XVIII. Al fin y al cabo, no solo se creó un jardín o se restauró un edificio, sino que se pusieron en marcha elementos de lo más ambiciosos: el Lago Serpentine, esculturas, fuentes…

De hecho, durante muchísimo tiempo los Kensington Gardens fueron considerados la versión lujosa y elegante de Hyde Park. Y es que su carácter privado hacía que tuviese un toque de glamour con el que no contaba este segundo parque, aunque en la práctica eran la misma cosa.

Es más: los Jardines de Kensington y Hyde Park estaban separados únicamente por una zanja, por lo que de privados no tenían demasiado. Los ciudadanos de Londres estaban acostumbrados a ponerse sus mejores galas y pasear por ambos parques de manera indistinta.

Con el tiempo, los jardines fueron enriqueciéndose, pues la inauguración de estatuas, fuentes y monumentos se ha mantenido hasta nuestros días. Todo ello en un marco inolvidable, pues cuesta creer que en mitad de Londres vaya a aparecer un parque así de chulo.

Qué ver y qué hacer en Kensington Gardens

La última vez que fuimos a Londres nos alojamos en un hotel que estaba al lado de los Kensington Gardens, por lo que tuvimos la suerte de atravesar los jardines varias veces y en diferentes momentos del día.

Es mucho lo que se puede hacer en Kensington Gardens, aunque sin duda lo más obvio es pasear. En sus 111 hectáreas hay decenas de caminos por los que perderse y descubrir la visión más amable y tranquila de la vida londinense.

En el extremo oeste de los jardines está el Palacio de Kensington, que lleva siendo una de las residencias de la casa real de Reino Unido desde hace más de tres siglos. El palacio se puede visitar por dentro, aunque si no tenéis tiempo (o no queréis pagar las 17 libras de entrada) podéis conformaros con contemplar su lujosa fachada.

En el parque hay dos grandes masas de agua. Una es Round Pond, un enorme estanque que está relativamente cerca del palacio. La otra es el río artificial que separa Kensington Gardens de Hyde Park, formado a su vez por dos lagos: The Long Water y The Serpentine.

Además, hay decenas de puntos de interés. Desde una estatua dedicada a Peter Pan (el parque es uno de los principales escenarios de la obra de J. M. Barrie) hasta el Memorial de la Princesa de Gales, incluyendo un tramo considerable del The Diana Princess of Wales Memorial Walk.

Pero si algo nos llamó la atención de Kensington Gardens, sin duda fueron… ¡sus ardillas! Saltan por doquier, no tienen miedo a acercarse al viajero y podrán contemplarse a prácticamente cualquier hora del día. Sin duda, una de las señas de identidad de un parque que no podéis dejar de visitar si vais a Londres.

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