Ruta al Glaciar de Briksdal

Si estáis por los Fiordos Noruegos y queréis visitar un glaciar, la opción más conocida y accesible es el Glaciar de Briksdal o Briksdalbreen. Ubicado en el enorme Parque Nacional de Jostedalsbreen y siendo un brazo del glaciar que da nombre a este espacio natural, Briksdal es una excursión tipiquísima que lleva décadas atrayendo a visitantes de todo el mundo. En este post os vamos a contar un poquito más sobre el glaciar, además de enseñaros como fue nuestra visita.

Briksdal, un glaciar a punto de desaparecer

Lo primero que hay que decir sobre el Glaciar de Briksdal no es precisamente bonito, más bien todo lo contrario. Como fruto del cambio climático, esta masa de hielo está retrocediendo a un ritmo alarmante, hasta el punto de que numerosos estudios afirman que va a desaparecer con total certeza a lo largo del siglo XXI.

La cuestión está en que la superficie de esta glaciar no depende solo de la temperatura, sino también de las precipitaciones. Como ambos aspectos han cambiado mucho en los últimos cien años, el glaciar a retrocedido cientos de metros. Si hace unas décadas ocupaba toda una montaña y cubría un lago entero, hoy sobrevive a duras penas llenando la mitad de la montaña.

¿Sobrevivirá a la estupidez humana o ya no hay vuelta atrás? No lo sabemos, esperemos que lo primero. Sería muy triste tener que actualizar este post dentro de unos años diciendo que ya no hay nada que ver en el lugar.

Cómo es la subida al glaciar de Briksdal

Para visitar el glaciar no hay ninguna dificultad, ya que se trata de la masa de hielo más conocida de Noruega. Hay un aparcamiento justo al pie de un centro de visitantes, donde podréis conocer más sobre el lugar.

El parking está a algo menos de 3 kilómetros del glaciar. Esa distancia puede salvarse de dos maneras:

  • Haciendo un pequeño trekking por la montaña: nuestra opción favorita, pues al fin y al cabo es un recorrido accesible, podréis ver muchas cosas y además es gratis.
  • En Trollcar: unos buggys acondicionados para la ocasión. Podréis comprar los tickets en el centro de visitantes.

Nosotros optamos por caminar. En tres cuartos de hora llegamos al glaciar, no sin antes disfrutar de una ruta que nos gustó mucho. En ella pudimos ver varias cascadas, animales en libertad, restos prehistóricos y un montón de vegetación. Quizá lo más destacado sea la Kleivafossen, una enorme cascada que hay que sortear cruzando un puente cercanos. Avisados quedáis: si no os dais prisa, acabaréis empapados.

El recorrido es bastante cómodo. Las zonas más escarpadas tienen escaleras, sitios en los que agarrarse y pasarelas, así que con que llevéis un calzado cómodo será más que suficiente para superar esta ruta.

El premio a la subida es llegar a una pequeña laguna surgida a los pies del Briksdalbreen. ¿Qué podemos decir? Solo por conocer ese lago y ver como varias cascadas caen desde la montaña ya merecería la pena haber subido.

Sin embargo, el auténtico protagonista es el glaciar. Briksdal es el más famoso no solo por ser accesible, sino porque sus colores azules son impresionantes. Uno se siente realmente pequeño a los pies de semejante masa de hielo.

Atención a gente con exceso de ímpetu: hay varios carteles indicando que está prohibido bañarse en el lago, así como acercarse demasiado al glaciar por riesgo de desprendimiento. ¡Que nadie haga el bobo!

La vuelta al coche se hace por el mismo camino. A diferencia de lo que suele ocurrir, no se hace nada pesada, pues la panorámica es totalmente distinta (en lugar de ver al glaciar se disfruta en una espectacular cadena montañosa). Un buen punto y final para una visita que, ojalá, pueda seguir haciéndose durante muchos años.

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