Budva, la ciudad con más buen rollo de Montenegro

Pues eso: ni patrimonio, ni playas ni gastronomía, que por supuesto hay (y mucho). Si por algo nos conquistó Budva fue por su buen rollo: es una ciudad con un espíritu súper acogedor, lleno de zonas verdes y de rinconcitos que son un auténtico remanso de paz. Por eso se convirtió en una de nuestras ciudades favoritas de Montenegro, pese a que no suela estar entre las principales recomendaciones a la hora de preparar un viaje por este país balcánico.

Qué ver en Budva en un día

El centro histórico de Budva es muy cómodo de visitar, ya que realmente se recorre el interior de una pequeña urbe amurallada. Vamos, que llegar hasta la parte antigua no tiene pérdida. Os recomendamos dejar el coche en el aparcamiento más cercano, al final de la calle Mediteranska, pues está a 5 minutos andando de la puerta principal y la tarifa (en 2020) es de 1,5€/hora.

Lo que más nos gustó de Budva es que es una ciudad diferente. Por un lado, tiene todo lo que se podría esperar de una fortaleza como esta: decenas de preciosas calles empedradas por las que perderse, tiendas regentadas por artesanos locales, heladerías con sabores que solo hemos visto en esta ciudad, playas incluso…

Sin embargo, hay algo que lo cambia absolutamente todo y que hace que Budva se haya convertido en uno de los lugares de los que mejor recuerdo guardamos de Montenegro: el color verde. Normalmente este tipo de ciudades son muy bonitas, pero la piedra no deja mucho espacio a las zonas verdes. Budva es la excepción, pues el casco histórico está lleno de pequeños parques, de calles llenas de flores y de restaurantes que han decidido rodear su mesas de macetas con plantas. ¡Muy buena onda!

Además, el ambiente en Budva es sensacional. Hay un montón de tiendas y restaurantes, pero no son los típicos establecimientos con producto de poca calidad. Hay mucho artesano local exponiendo sus artículos hechos a mano, pizzerías que trabajan con los mejores ingredientes y un buen puñado de heladerías con producto recién hecho. No somos muy de salir por la noche, pero también vimos bastantes lugares para tomar una copa que no parecían lo típico.

El edificio más destacado de la ciudad es la Ciudadela: una fortaleza interior que siempre ha sido la principal estructura defensiva de Budva. Se puede visitar por unos 4€ por persona y en su interior encontraréis de todo: un museo, un restaurante, miradores… Ojo, si vais con el presupuesto ajustado os lo podéis saltar perfectamente, pues desde los extremos de la fortaleza (pero sin entrar en ella) también tendréis estupendas vistas de la costa.

También hay dos o tres templos que merecen la pena: la Iglesia de San Iván, la Iglesia de la Santísima Trinidad, la Iglesia de Santa María en Punta… Son todos pequeñitos y están en buen estado, aunque siendo sinceros son bastante más bonitos por fuera que por dentro.

Por supuesto, en Budva también encontraréis playas. Mogren 1 y Mogren 2 son dos playitas gemelas conectadas por un túnel en la roca que no os podéis perder, están protegidas por un acantilado y ofrecen un remanso de paz al lado de la ciudad. Recordad llevar escarpines, pues como todas las de la zona están formadas por pequeñas piedrecitas en lugar de arena.

Justo enfrente de Budva se encuentra la isla de Sveti Nikola (San Nicolás), cuyas playas son conocidas por los locals como «Hawaii», y aunque no tengan mucho que ver con Hawaii (son playas de piedritas), son una auténtica maravilla. La isla está conectada a Budva por un istmo que cuando la marea está baja cubre más o menos medio metro, así que si os sentís valientes podéis intentar llegar nadando para disfrutar de sus playas (o coger un barquito, como hace todo el mundo).

En definitiva, Budva nos encantó. No sabríamos decir un motivo concreto, simplemente es un sitio con buena energía. Es fácil de visitar, está lleno de gatos y hay buenas vistas al mar. ¿Qué más se puede pedir? 

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