Finnlines, la naviera líder del Báltico

El ferry es un medio de transporte muy habitual en las aguas del Mar Báltico. Los nueve países de sus orillas están muy cerca unos de otros, pero a la vez muy lejos si el desplazamiento se hace por carretera. Por eso, existen diferentes servicios que permiten ahorrarse miles de kilómetros a cambio de surcar las aguas. En ese contexto se mueve Finnlines, una naviera que conecta a diario varias de esas naciones. En este artículo os contamos su historia y cómo fue nuestra experiencia navegando con ellos.

Dominando las aguas bálticas desde 1947

Fundada en 1947, Finnlines es una empresa naviera que opera fundamentalmente en las aguas del Mar Báltico, aunque también en el Mar del Norte. Sus servicios conectan Finlandia, Suecia, Alemania y Rusia entre sí, incluyendo paradas en lugares remotos como las Islas Aland.

En el Mar Báltico es toda una institución, siendo la naviera más grande a todos los niveles: desde número de pasajeros transportados hasta facturación. Su flota es muy moderna, con una antigüedad que de promedio se sitúa en los 12 años.

Hay que tener en cuenta las dificultades de navegar en el Báltico, pues son unas aguas frías y no del todo sencillas. Por eso, sus barcos están cuidados al detalle, para ofrecer trayectos cómodos y relajados con independencia de las inclemencias que pueda mostrar la navegación (o la climatología) en ese momento.

Hay que decir que Finnlines pertenece al Grupo Grimaldi, lo cual hace que tenga acuerdos con navieras de prácticamente toda Europa.

Nuestra experiencia con Finnlines

Nosotros conocimos Finnlines utilizando su servicio entre Kapellskär y Naantali. Dicho de otro modo, en la línea que conecta Suecia con Finlandia. Y, la verdad, la experiencia no pudo ser más positiva.

El proceso de compra fue transparente y sencillo. A través de su web nos hicimos con el pasaje que queríamos, no hubo cargos inesperados y recibimos por email un código QR con el cual pudimos embarcar. Dicho sea de paso, la subida a bordo fue rápida y sencilla.

El barco en el que montamos nosotros nos prestó un servicio impecable. Nuestro camarote era cómodo, incluía ducha con agua caliente y aceptaba perros, requisito indispensable ya que estábamos viajando en compañía de nuestro querido Tronco.

Además, el servicio de comida a bordo fue lo más. En el pasaje se incluía buffet libre para dos comidas, que en nuestro caso fueron cena y desayuno. La variedad de platos era más que aceptable y la verdad es que todo lo que probamos estuvo riquísimo.

Más allá de la comida, el barco tenía suficientes distracciones como para no aburrirnos en las diez horas que duró el trayecto: tiendas, miradores, saunas, zona de juegos, televisión en el propio camarote… ¡Ah! Y no queremos olvidarnos de mencionar la amabilidad de todos y cada uno de los trabajadores con los que nos cruzamos.

La verdad, fue una experiencia inmejorable. El único “pero” que le ponemos es el precio, ya que fueron alrededor de 300€, pero no era más caro que las otras opciones que consultamos.

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