Breve Historia de los Parques Nacionales del mundo

Visitar un Parque Nacional siempre es garantía de vivir una experiencia inolvidable. Da igual si es grande o pequeño, el tipo de ecosistema que tenga o en qué lugar del mundo esté: no hay uno que no merezca la pena. En este artículo hacemos nuestro particular homenaje a esos espacios protegidos, relatando brevemente su historia y contándoos un montón de datos interesantes sobre ellos.

¿Qué es un Parque Nacional?

Empecemos por una mínima presentación. Lo primero que hay que decir es que un Parque Nacional es la mayor categoría de protección que le puede dar un país a un espacio natural. Cada estado los define de una manera diferente y utiliza sus propios criterios para clasificarlos, pero hay una idea compartida: proteger la naturaleza más salvaje y de mayor valor, no solo por cuestiones ecologistas sino también para poder presumir de la riqueza nacional.

Así, a lo largo y ancho del planeta se pueden encontrar diferentes criterios para determinar que una zona sea Parque Nacional. Sea como fuere, siempre dependen del propio país, tienen una delimitación clara, previenen su deterioro presente o futuro y suelen ser un recurso turístico de primer nivel.

No penséis en estos espacios como lugares deshabitados y en los que ya no pasan cosas, puesto que en muchos hay asentamientos humanos. La clave reside en la protección y en hacer un uso sostenible de los mismos.

Historia de los Parques Nacionales

En el imaginario popular, el Parque Nacional de Yellowstone es considerado el más antiguo del mundo. No se denominó así desde su creación, pero su protección llegó en 1872 y pocos son los que ponen en duda su carácter pionero. Eso sí, es cierto que hay zonas con una protección mucho más antigua, como la Main Ridge de Trinidad y Tobago (1776) o la montaña Bogd Khan de Mongolia (1778). Incluso mucho antes, en 1735, ya hay registradas leyes en Nápoles que abogan por la protección de los espacios naturales de los alrededores de la ciudad.

Volviendo al ejemplo de Yellowstone, tras su puesta en marcha el fenómeno de los Parques Nacionales se extendió por todo el mundo. En Estados Unidos rápidamente surgieron otros, como el Parque Nacional de Mackinac (el primero en usar el término Parque Nacional), pero también ocurrió en Australia, Nueva Zelanda o Sudáfrica.

En Europa el país pionero fue Suecia, que en el año 1909 inauguró del tirón un conjunto de nueve Parques Nacionales. Cinco años después se sumó Suiza, dando impulso a este tipo de espacios protegidos por todo el viejo continente.

Hay que decir que el gran desarrollo de los Parques Nacionales vino fundamentalmente tras la II Guerra Mundial. Fue en la segunda mitad del siglo XX cuando se extendieron de verdad por todo planeta, en la competencia más sana y más bella que jamás haya experimentado nuestra especie. Algunos se incorporaron tarde, como la Unión Soviética con el Parque Nacional de Lahemaa (actual Estonia), pero al final todos los países (o prácticamente todos) designaron amplias zonas de protección medioambiental.

En la actualidad hay más de 6500 Parques Nacionales repartidos por todo el planeta. Desde el más pequeño (el Parque Nacional Isles des Madeleines, con apenas 0,45 kilómetros cuadrados) al más grande (el Parque Nacional del Noreste de Groenlandia, con casi un millón de kilómetros cuadrados), todos ellos fascinantes.

Cosas que nos gustan (y cosas que no tanto)

Vamos a pasaros ahora a un ámbito mucho más subjetivos: lo que más nos gusta de los Parques Nacionales. Lo primero que nos viene a la mente es que siempre son garantía de éxito. Está claramente asumido que los Parques Nacionales son de lo bueno lo mejor y de lo mejor lo superior. Nos vienen a la mente ejemplos como los Lagos de Plitvice, las Islas Lofoten o los Picos de Europa: lugares cuya visita te cambia la vida.

También nos gusta mucho que suelen ser sitios con una propuesta turística muy elaborada: folletos, rutas, centros de recepción de visitantes, merchandising, actividades… Algunos todavía están por explotar, pero en general siempre hay cosas por hacer.

Por supuesto, valoramos mucho que los países tengan un interés real en la conservación de los Parques Nacionales. Incluso sabiendo que muchas veces se hace de cara a la galería, pero lo cierto es que el mundo es un lugar súper frágil y sin estos lugares de protección la naturaleza se deterioraría aun más.

Por el contrario, no todo es positivo. De hecho, os vamos a decir lo que menos nos gusta de los Parques Nacionales. Y lo primero es lo más evidente: son sitios muy famosos, así que suelen estar masificados (sobre todo en fines de semana). Ojo, siempre hay honrosas excepciones, pero en general son lugares muy concurridos.

Tampoco nos gusta cuando nos encontramos normativa excesiva o arbitraria. Ojo, cualquier cosa que implique que algo se conserve bien nos parece estupendo, pero a veces nos hemos topado con auténticos sinsentidos. El mejor ejemplo lo experimentamos en Polonia, un país en el que el acceso de los perros a los Parques Nacionales está prohibido. ¡Qué tremendo error!

Por último, tampoco nos gusta que el espíritu original en ocasiones se pervierte. Obviamente, es normal que al calor de un Parque Nacional surjan hoteles, restaurantes o tiendas, pues al fin y al cabo la presencia de turistas es algo muy monetizable. Sin embargo, a veces se pasan de lo que es aceptable: autobuses por todas partes, basura, ruidos…

Sea como fuere, nos declaramos absolutos fans de los Parques Nacionales.

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